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27 ago 2017

Diarios II: No importa que no me lean






 Encuentro fortuito con la escritura, la enfermedad y Pilar Adón 

No importa que no pueda hacerlo, tengo que escribir. No importa que no sepa hacerlo como se debiese hacer, tengo que escribir. No importa que ahora mismo no halle forma de hilar una palabra tras otra, que tenga desmadejado todo mi universo de ideas. No importa, sobre todo, que no me lean; que no me lean hoy, que no me lean mañana, que no sepan nunca de mí sobre este papel y a través de esta pantalla. No importa en absoluto. Tengo que escribir, hoy, mañana, siempre. Y tengo que hacerlo sobre un papel, un teclado o en la misma tierra húmeda que puebla el bosque de mi mente.

10 abr 2016

Saskia as Flora (Antología "Letras sobre lienzo")

FLORA O SASKIA AS FLORA
Ha sido esta última noche, que se han atrevido a descontar las horas del reloj del mundo, cuando por fin he parido de nuevo. Las musas y las letras han bailado en mi vientre y me han traído una ofrenda, un infante de piel de hoja y terciopelo, brillante bajo la piel, cubierto de escarcha.  Lo he tomado entre mis brazos en rama, le he soplado la ceniza de los ojos y le he cantado mis nanas. Ahora es vuestro turno, pajaritos, acoged a esta vieja criatura del tiempo, joven del bosque, dejadla ser vuestra un instante. Cuidadla y queredla mucho siempre. 

Cristina Heri, veintisiete de marzo de dos mil deiciséis, en un pueblo del norte.

***

Hace un tiempo tuve el placer de apuntarme a un proyecto muy bonito, una antología organizada por Yaiza y W., con esta última personita ya tuve el placer de colaborar en otra antología, os la dejo aquí. Pero ahora el tema no es directamente de dioses, aunque no anda muy lejos: artistas. Es un compendio de escritos inspirados cada cual en un determinado artista (adjudicado al azar). Y tengo que decir que nunca pensé que me tocaría el que me tocó, mas ha resultado ser un reto muy bonito, porque ha liberado a unas bellas criaturas que pululan por mi cabeza. Vienen para quedarse. 

No os voy a decir cuál me ha tocado, aunque por la obra que acompaña la entrada no os suponga ningún problema averiguarlo. Os animo a que le deis una oportunidad a la antología y os bebáis sus letras, nunca se sabe qué se puede uno encontrar. Aquí os dejo un pequeño fragmento de este nuevo niño:

Una vez más asisto al nacimiento de una luz, a la defunción de un oscuro viejo. Un oscuro cálido y silencioso, nunca más eterno, nunca más joven, nunca más mío. La nueva claridad ya se ha llevado con ella un aliento amigo; y ahora siento la extraña primavera, enterrada entre mis omoplatos, desperezarse y sacudirse mis huecos huesos.

Para seguir leyendo volad aquí. 

6 mar 2016

Silencio sobre silencio

· PETER LINDBERGH ·

«Somos polvo y nada.
Todo cuanto hacemos no es más que viento».

Qué dificultad sobreviene al gusanillo de escribir, a la picardía del confesar algo que intuimos con fuerza, que nos cosquillea en la punta de la lengua, en la flor del estómago, pestilente, ardiente ya en las paredes de la garganta, como una corriente fría sobre la campanilla, en un rumor mudo que se escapa, de apariencia sin vida, sin cuerpo o deforme, sin alma de ser. Pero siendo algo, siendo nosotros, se nos desliza entre los dientes sin poderlo apresar. Cerramos la boca con fuerza y celeridad, y callamos aguardando la respuesta, el pálpito, esa vida que solo nosotros creemos vida, creemos nuestra. Silencio sobre silencio. Revelación sobre qué cuestión. Demasiadas cuestiones para ser reveladas. Demasiadas revelaciones sin ser cuestionadas. Otra vez, de nuevo. La misma historia. Qué gracia tiene, qué duende baila y canta y juega con sus notas y sus rimas y sus atropellados puntos y aparte. Aparte de qué. Deja de saltar de un párrafo a otro, de correr entre líneas, de saltear versos sin hilo, e ir cosiendo puntas sin patrón ni medida ni (punto de) encuentro. Qué es de la brújula, del mapa, de las letras y palabras y espacios de la adivinanza. De la pregunta con trampa. Y trampa, qué trampa. No sabes nada. No sabes leer. No sabes pensar. No sabes cerrar los ojos. No sabes llorar. Dígame si, entonces, desde el principio nació muerta.

Sobreviene, se va y vuelve: silencio sobre silencio.

K.

A las cinco de la tarde del veintitrés de enero del dos mil dieciséis,

Salamanca.

26 jun 2014

Debilidad

Sólo fue un segundo, un instante. Un pestañeo que duró demasiado. Un leve desvanecimiento mientras yo apoyaba las manos en el mueble de caoba. Un sólo suspiro valió para darle fuerzas. Se acercó a mí por la espalda y me agarró por las muñecas, sentí su respiración cálida en mi nuca y me estremecí, pero no de excitación, sino de angustia. Me iba a desmoronar de un momento a otro.

—Vamos, suéltalo.

Intenté recomponer la compostura, serenarme como siempre lo había hecho. Me incorporé. Él seguía allí, delante de mí, agarrándome, cuando me di la vuelta.

—Tienes que sacarlo —insistió; si lo suplicó, ignoré el matiz. 

Lo miré con firmeza y respeto, pues era lo único que pretendía ofrecerle, y apreté los labios.


—No sé lo que pretende, señor. —Miré mis muñecas con contrariedad, y él las soltó rápidamente—. Pero sea lo que sea, deje de intentarlo. Es en vano. 

Me aparté de él. Le serví el té con el mayor pulso que pude, y tras una leve reverencia salí de la habitación mientras él volvía a sentarse en el sillón, inescrutable. Caminé lo más rápido que pude por el pasillo, subí las escaleras a saltitos y recorrí todo el ala oeste hasta llegar a la planta más alta. Entré en mi habitación y cerré la puerta. Estaba oscuro y yo, segura. Luego, simplemente, me derrumbé en silencio. 

13 abr 2014

De cuando el brote desafió a las grandes tormentas

Un pequeño caballero desconocido cruzó la plaza de la ciudad gris en un amanecer frío y primaveral, las claras luces del alba se reflejaban en su armadura negra, descubriendo el polvo de muchos años de sosiego. Un dormitar que acabaría por despertar con el primer golpe asestado.

—Miradle, está aquí —empezaron las gentes a murmurar, rodeando el lugar donde se tenía previsto el duelo que habían acordado cuando el pequeño luchador desafió al grande.  

—¿Es el duende?

—Sí, es él.

—¡Por los Truenos y los Rayos! ¡Mirad quién osa presentarse a cobrar sus méritos!

El duende, o como en Íride se conocía al pequeño y misterioso –porque nadie sabía quién se escondía tras el acero oscuro– caballero del Norte se dispuso en el pedregoso suelo del centro de la plazoleta, y desenvainó una larga y ligera espada de modesta empuñadura y brillante hoja traslúcida.

Los tambores de los trovadores allí presentes empezaron a sonar mientras pisaban fuerte, balanceándose de un lado a otro, retumbando los cimientos y haciendo temblar de emoción los corazones. El del duende apenas se inmutó –atrapado en su habitual ritmo sosegado–, colocó su mano izquierda tras la espalda y se estiró lo más que pudo, así como extendió el brazo que sostenía su arma hacia adelante, incitando a su contrincante.

—Al final habéis elegido la muerte, mi amigo —respondió uno de los caballeros plateados, apoyados en uno de los muchos muros del mercado—, y yo bien a gusto os satisfaré. Así la próxima vez descubriréis vuestro rostro por las buenas y no nos haréis perder el tiempo.

El joven guardia pronto desenvainó una pesada y plateada espada que dirigió al centro de la plaza, a pocos pasos del duende, quien apenas se había inmutado.

Empezaron a danzar en círculos, tanteando las técnicas contrarias, desafiando cada bache de sus pies, y haciendo girar sus espadas alrededor de sus cuerpos, ganando soltura y preparándose para un pequeño choque de reyes de las calles.

El ambiente que se mascaba era como un puré demasiado espeso como para taponar los pulmones, haciéndoles respirar lenta y difícilmente. Como si sus cuerpos vivieran un mediodía de verano, en vez de un amanecer primaveral.

El primer golpe lo asestó el caballero plateado, haciendo temblar cada hueso del duende, que no dudó en agacharse fugazmente y esquivar el segundo golpe que le hubiera roto el yelmo. Agachado alcanzó los puntos débiles de la armadura de los  guardias: los tobillos, el cuello, las axilas y las muñecas. Y cogiendo fuerzas cruzó sus piernas, situándose detrás, mas el caballero fue rápido pues se esperaba esos movimientos de un ser tan pequeño. Lo agarró del cuello y lo zarandeó. Las mujeres gritaron de emoción y los hombres vitorearon.

El duende pataleaba,  y por las rendijas de la visera pudo ver el rostro apresurándose de su enemigo:

—Hoy será día de recordar —rió, petulante— el secreto de un viejo mito, un legendario luchador, un silencioso duende.

El tajo que siguió después nadie llegó a verlo, ni si quiera el propio duende, quien con admirable temple había conseguido contraatacar. Alcanzó al guardia bajo el yelmo, entre las hombreras, y éste chilló de dolor mientras dejaba caer al duende, que chocó contra el suelo. El caballero, furioso, cargó su gran espada contra el pequeño, pero el duende rodó unos pasos por las piedras fundidas del suelo, y consiguió retener el siguiente espadazo con su propia arma. Arremetió con una increíble fuerza y un grito poderoso mientras se incorporaba y hacía desviarse el filo enemigo a un lado.

El caballero cruzó su espada contra su rival y «derecha, izquierda, derecha, abajo, derecha». Tras varios cruces y choques de acero, el caballero consiguió deslizar su espada bajo las axilas de la joven criatura y descargó un tajo ascendente bajo el acero oscuro de su armadura, atravesándole desde la axila hasta la parte superior del hombro y alzándolo del suelo. Los niños rieron y las mujeres se estremecieron.  

—¡¿Quién quiere descubrir su ancestral rostro?! —Rió el caballero, girándose hacia la multitud portando el cuerpo del mito—. ¡¿Quién desea contar a sus nietos que abrió la visera del duende del norte?!

Lanzó al duende entre la multitud y éste cayó entre los barriles de pescado y sal. La sangre empezó a acumularse en su yelmo, amenazando con ahogarle.

El caballero plateado se abrió la visera y se acercó al duende, las gentes le dejaron espacio apartándose, y pronto lo tuvo a su merced. El duendecillo levantó su espada en un intento de defenderse pero el caballero fue más rápido y apartándola descargó un último tajo contra el estómago, entre los pliegues de acero de la cota de malla y la armadura.


La hundió bien, inclinándose hacia adelante y acercando su rostro al del duende. Una vez la empuñadura de su espada rozó la carne del oscuro caballero, éste emitió un agudo gemido. Alcanzó su espada y agarrándola con firmeza mientras sus pulmones se encharcaban y se oprimían, desató sus últimas fuerzas en blandir el acero contra el cuello del caballero plateado, atravesándolo, y haciendo rodar su cabeza hasta el suelo. El peso muerto de su enemigo cayó sobre él, hundiéndole entre las maderas rotas. Ahora la sangre estancada dentro de su yelmo apenas le dejaba respirar ni oír el alboroto que había formado. El pecho le dolía horrores. Y en un acto reflejo y con la mano temblorosa deslizó su visera hacia arriba, cayendo un mar rojo sobre el resto de la armadura, rojo sangre sobre negro noche, y unas finos labios rosados y unos infantiles ojos se descubrieron tras la coraza del duende del norte, el viejo mito y la ancestral leyenda de un luchador silencioso. 


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